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En la web de ESTACIÓN LIBRO volvemos a la actividad y con más energía que nunca. El mundo se paró, se cerró. Nos asustamos, digamos la verdad. De a poco y de la mano de la ciencia sacudimos el aletargamiento y empezamos a rodar. Con cuidado, con particular atención; como nunca antes entendiendo que cuidando al de al lado nos estamos cuidando nosotros.

 

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

“La palabra es un virus”, William Burroughs

 

Que si es el libro un bien esencial, que si no, que el capitalismo y su muerte, que el neoliberalismo y su sangrienta intención, que los “privilegios”… De todo leemos desde siempre y más en estos tiempos inciertos donde nadie sabe nada. Nadie. Nada. ¿Qué pasa? Hay un virus letal que ataca a todos por igual que vino desde China cuando uno se tomó una sopa de murciélago medio crudo. ¿Hacia dónde va? ¿Qué va a pasar? ¿Cómo vamos a sobrevivir? No sabemos. Individual y colectivamente vamos sopesando y considerando diferentes modos para no contagiarnos ni contagiar.
Seguimos leyendo. Noticias, ensayos al respecto, fake news, posteos en redes. Leemos los libros que tenemos en casa, ebooks, viejos apuntes de la facultad, lo que tengamos a mano. Este aislamiento obligatorio se contrapone al mundo actual: la sobreexposición global en redes donde contamos (no todos, desde ya) qué comemos, qué leemos, a dónde vamos. La intimidad pasa a ser la protagonista, la introspección una aliada del pensamiento. Y sí, necesitamos material de lectura, además de otras necesidades, para satisfacer los requerimientos del momento. El contacto social está y estará reducido por un tiempo que no podemos estipular. Necesitamos libros.

La tierra está irritada, convulsionada, y no da tregua. El cuerpo no lo resiste, hay que alimentar la mente, ejercitar intelectualmente para, con buena suerte, entender qué nos pasa. Necesitamos libros.
Todo pretende hacer equilibrio sobre premisas no comprobadas y la única certeza es la lectura. En tiempos verdaderamente apocalípticos algunos leen más, otros leemos menos, se buscan nuevos autores, se redescubren viejos aliados y nuevos géneros literarios. Frente a esa incertidumbre de no saber cómo seguir, una suerte de duelo se apodera de uno y en el repaso sobre qué hicimos quizá logremos avanzar sobre lo que nos quedó en el tintero. ¿Leer algún clásico? ¿Enfrentar a Foucault?

Es válida y respetable la postura de quien no consideran al libro un producto (a que suena feo) de primera necesidad pero déjennos a los que sí, disfrutar de esta apertura comercial. Necesitamos libros.
En Los libros y la calle (Ampersand), Cozarinsky deshace sus pasos de flaneur y cuenta su recorrido por las librerías porteñas. Cuenta allí de los espacios que invitaban a hojear sus libros y quizá eso sea lo que perdamos por el momento; la relación con el librero, oler algún libro. Por eso debemos reforzar hoy los medios que tenemos a mano: estos blogs, las críticas culturales (las dignas, por favor, no las otras), redes, los suplementos literarios. Y así, acercarles desde las novedades editoriales hasta el rescate de viejos clásicos que resultan formadores de opinión, de identidad. Vamos, que uno es lo que es gracias a Kafka también.

Esta apertura aunque no física de las librerías significó un cambio anímico en el humor de muchos también, cómo no celebrarlo. Tener acceso al objeto fetiche por antonomasia de quienes formamos parte de este mundo nos libera. Compremos libros, seamos libres.

 

 

 

 

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