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Amamos odiar a Jane Austen

 

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Oh, sí, es una realidad: en el mundo literario se lleva mucho odiar a Jane Austen. Es sabido que todo lo masivo genera por igual amores y odios. Cargar con éxitos como Sensatez y sentimientos, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park no es tarea fácil. Y gente de la talla de la Woolf, Mark Twain, D. H. Lawrence o Charlotte Brontë detestaban su obra y a la misma Austen. Sobrevalorada, según mucho, lo cierto es que hoy día sigue despertando pasiones.

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POR LALA TOUTONIAN

 

Mientras en salas de lecturas se debate cuál personaje de Jane Austen es el que más sufre por amor (¿Mr Darcy, Willoughby, alguna de las hermanas Bennet, Edward Ferrars?), en otros espacios se arman verdaderos clubes de por qué son tan fans de alguien que no sumó más que ideales de amor casi imposibles. Mientras Emily Brontë supo buscar la emoción real en cada línea, lo de Austen pareciera limitarse a acumular suspiros por el amor no correspondido… hasta que lo es y comen perdices. Quizá Lady Susan sea un buen referente para el feminismo de hoy, mientras que todas las obras de las tres hermanas Brontë lo son en cada una de sus novelas. Las novelas victorianas te pueden arruinar la vida.

La autora de Jane Eyre no entendía por qué Jane Austen gustaba tanto: la leía y la releía una vez para analizar su obra pero según las cartas que dirigió a varios de sus colegas. “Escribe sin valor, sin entusiasmo”, dice la Brontë, “no tiene brillo, no hay aire fresco. Es como esos personajes de los que habla: hombres y mujeres elegantes en sus casonas”.

“Daría todo lo que escribió por la mitad de lo que escribieron las Brontë”, dijo, entre otras tantas cosas, Virginia Woolf. Paremos un momento y pensemos objetivamente: ¿realmente la autora de obras como Orlando podría disfrutar de Emma, por ejemplo? La respuesta es una sola: no. (Tengamos en cuenta que a la Woolf tampoco le gustaba James Joyce así que estamos hablando de una lectora más que exigente, claro.)

Churchill, sí, el mismo Winston Churchill, sin odiarla pero criticando su obra de todos modos se preguntaba: “Qué vidas calmas estas personas… Sin preocupaciones por la revolución francesa o las guerras napoléonicas, ¿no es cierto? Solo le importaba controlar con buenos modales cualquier pasión natural en la medida de lo posible”. No, decididamente al primer ministro inglés no le agradaba Jane Austen.

Hay un panfleto atribuido a George Eliot -pero no está firmado- que dice: “La buena reputación que consiguieron las novelas de Austen (y que aún tienen) es una prueba del aprecio que se siente cuando un autor se atreve a ser natural. Sin brillantez de ningún tipo, sin imaginación, profundidad, ni conocimiento de la vida, Austen, simplemente describiendo lo que ha visto y conocido, haciendo retratos de gente cansina y sin interés, es reconocida como una gran artista, y continuará siendo admirada, mientras otros autores más ambiciosos y llenos de inspiración serán olvidados. Pero la gente insiste en admirar solo lo que pueden entender. Demoledora, ¿verdad? (Recordemos que George Eliot era el seudónimo de la escritora británica Mary Anne Evan).

El autor de El amante de Lady Chatterley, Mr Lawrence, despreciaba la Inglaterra que pintaba Austen en sus novelas (y en su forma de vida) y es realmente lo que más molestaba: que no fuera fiel delineadora de sus tiempos. Escribió en 1932: “De nuevo, la tragedia de la vida social. En la vieja Inglaterra, los curiosos vínculos de sangre son lo que mantiene a las clases unidas. Los señores pueden ser arrogantes, violentos, intimidantes e injustos, sin embargo, de alguna manera, están en armonía con la gente, forman parte de una misma corriente sanguínea. Lo vemos en Defoe o Fielding. Y luego, con la infame Jane Austen, esto desaparece. Esta vieja solterona tipifica personalidades en lugar de caracteres, con un avispado conocimiento del distanciamiento en lugar del compañerismo, y ella representa, en mi opinión, lo peor de ser inglés, esa snob visión del mundo, de la misma manera que Fielding representa lo inglés en el buen sentido de la palabra”. ¡Vieja solterona! Un atrevido.

“¡Quiero desenterrarla y golpear su cráneo con su propia tibia!”, exagerado en sus odios, Mark Twain había leído, y varias veces, Orgullo y prejuicio: “A menudo quiero criticar a Jane Austen, pero sus libros me enfadan tanto, que no puedo ocultar mi furia al lector, y por lo tanto tengo que parar cada vez que empiezo”.

Más moderado -cualquiera sería más moderado que Twain, digamos la verdad- Ralph Waldo Emerson, poeta y filósofo americano hacía un análisis más profundo y lo que le inquietaba era que los personajes creados por la autora inglesa tuvieran dos únicas -y no se equivocaba- preocupaciones: el matrimonio y el bienestar económico, los cuales en más de una ocasión venían de la mano, claro: “No puedo entender por qué la gente valora tan positivamente las novelas de Jane Austen, a mí me parecen vulgares en tono, estériles en invención artística, prisioneras de las convenciones más mezquinas de la sociedad inglesa, sin genio, sentido común, ni conocimiento alguno sobre el mundo. Nunca fue la vida tan contraída y tan estrecha de miras…el suicidio parece más respetable”.

 

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